Por Nelly Luna Amancio y Norka Peralta Liñán
En lo más alto de las tierras de Virgilio Pizarro, joven jefe de la comunidad nativa asháninka de Sampantuari, nace un riachuelo en cuya desembocadura se acumulan envases de plaguicidas usados en los cocales. “Los niños siempre se enferman del estómago”, se queja Pizarro. De acuerdo con el Ministerio de Salud (Minsa), las enfermedades diarreicas agudas (EDA) acosan al 26% de niños del valle de los rÃos ApurÃmac y Ene (VRAE), mientras que un 35% de ellos padece de infección respiratoria aguda (IRA). Los médicos y enfermeros están convencidos de que la mala calidad del agua está relacionada con los problemas de salud de los 160 mil habitantes del valle.
Los informes del Minsa detallan que las aguas de los rÃos están contaminadas con plomo y otras sustancias tóxicas derivadas de los insecticidas e insumos quÃmicos (miles de litros de ácido clorhÃdrico y kerosene) utilizados en el procesamiento de la pasta básica de cocaÃna (PBC). El reporte de la Dirección General de Salud Ambiental indica que “en todas sus estaciones de muestreo las concentraciones de plomo son mayores respecto al valor lÃmite establecido en la Ley General de Aguas”. El 35% de la población bebe el agua de la red pública, que no es más que agua entubada de algún rÃo cercano. En estas circunstancias, la desnutrición crónica encuentra el terreno libre en el 43% de los niños menores de 3 años.
El sarpullido cubre el cuerpo del pequeño Maycol Anderson León, de un año y once meses. Según Marlene Palomino, enfermera del centro de salud de Palmapampa, los problemas de piel en los niños se debe a que se alimentan y bañan con agua de rÃo. Tienen también los cabellos rubios, signo de su desnutrición. Maycol no es la excepción. Pesa 10 kilos con 400 gramos, cuando deberÃa pesar 14 kilos. “Crecen desnutridos porque los padres pasan el dÃa en la chacra y no se preocupan por ellos”, refiere la enfermera.
Según la ministra de la Mujer y Desarrollo Social, Virginia Borra, este año su sector impulsará la lucha contra la desnutrición en el VRAE con la construcción de más wawa wasi. A la fecha existen solo 56 locales que benefician a 380 niños, cuando la población menor de 10 años supera los 30 mil.
El centro de salud de Palmapampa atiende a ocho mil personas provenientes de todo el sur del valle. Tiene uno de los equipos de salud más grandes: una doctora, un obstetra, una enfermera, un especialista en salud básica, un biólogo y tres técnicos médicos. Por eso, todos llegan hasta este centro de salud que cuenta con tres camas en la sala de hospitalización y carece de equipos de radiografÃa y ecografÃa. El resto de comunidades, salvo San Francisco, cuenta con solo un enfermero y un técnico médico. Los servicios de pediatrÃa son tan escasos como los laboratorios de biologÃa, a pesar de que los casos de parasitosis, paludismo, fiebre amarilla, enfermedades diarreicas y respiratorias son las más frecuentes en los niños.
Los asháninkas son otra de las poblaciones más vulnerables. En la comunidad nativa Sampantuari (Cusco), no hay posta de salud, apenas un botiquÃn recargado de analgésicos. La ausencia del Estado es redundante en todo el valle. El año pasado se construyó en la entrada a San Francisco —corazón del VRAE— un hospital de apoyo para atender la creciente demanda de la población, pero hasta ahora no abre sus puertas porque el Ministerio de Salud no ha nombrado al personal.
EDUCACIÓN A LA DERIVA
Lo primero que les enseña un profesor a los cien niños de Sanabamba, al norte del valle, es a tener miedo de un ataque terrorista. El pueblo fue fundado en 1985 en los extremos del VRAE a manera de escudo contra el terror y desde entonces ha sobrevivido a 22 ataques y llorado a 19 muertos. Por eso el único profesor de la escuela no vive allà y siempre llega tarde a clases. El currÃculo escolar nunca se completa.
Al sur, en la escuela de Periaventi Alta, las clases empiezan en mayo y sin el material pedagógico del Ministerio de Educación. “En Gloria Amargura se estudia tres horas al dÃa porque los profesores llegan a las 10 de la mañana”, dice Domingo Pérez, presidente de la Apafa.
La mayorÃa de docentes no tiene tÃtulos pedagógicos, ni capacitación adecuada. Un estudio elaborado por Cedro en el corazón del VRAE, Kimbiri y San Francisco, señala que sus métodos de enseñanza son antipedagógicos porque emplean “el castigo fÃsico y sus clases son aburridas, por lo que propician que los padres de familia consideren que la escuela no es útil y prefieran que los niños ayuden en las labores agrÃcolas”. Además, el trabajo en los cocales afecta el rendimiento de los niños porque “llegan tarde y cansados a clases, y no logran concentrarse”.
Un informe de Unicef advierte, además, que completar la secundaria en el VRAE es difÃcil y oneroso porque los niños deben trasladarse hasta San Francisco o a otros distritos con educación secundaria. Muchos padres no pueden asumir el costo de los traslados o la pérdida de una mano de obra. El 48% de los niños del valle tiene retraso escolar.
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